Voy a clavar una daga en mi corazón, si me dejo engañar otra vez... Esas fueron las primeras palabras que se me ocurrieron, cuando intenté dialogar con las sombras. Y eso haré, me lo prometo, porque no hay peor mal que ese cuento de amor. Porque los seres humanos son como las paralelas: de un lado, el negro sentido y del otro, te sonríe como ángel. Me reprochan que estime las computadoras, porque son máquinas. Sí lo son y no traicionan. Mas, están a tu lado no importa qué tristeza o alegría te embargue. Se convierten en recinto de notas musicales o de papiro para esconder legendarias frases. A veces, hasta te hablan... o protestan, a su manera. He descubierto que si te acercas a ellas, hasta parece que respiran. Me han dicho que de tanto estar con las computadoras me parezco. Y sí, prefiero serlo: si con eso seco las lágrimas y vivo lo que me quede vivir dentro de mis sueños, gestando sueños.
Hay una lista de vivencias que dicen que son humanas y no las he vivido: ¿dónde está el papá que te espera a la salida de la escuela o ahorra para cuando tomes la primera comunión o el ajuar de quinceañera? ¿Dónde está el azahar de la novia? Nada de esa lista sin número me representa. No soy humana, una máquina injertada en este tiempo, en este ahora que no dejará descendencia ni recuerdos.

